De Venezuela a Groenlandia


Si por un momento nos alejamos de esa mirada binaria —donde todo es blanco o negro—, queda claro que lo sucedido en Venezuela no se agota en un “a favor o en contra”. Que la gestión de Maduro, Cabello y compañía no fue otra cosa que un saqueo sistemático del tesoro público; lo fue. Que el éxodo de más de nueve millones de venezolanos constituye la prueba empírica del fracaso, de la represión, de la destrucción de la libertad y del colapso institucional; resulta innegable. Y que Maduro debía enfrentar a la justicia por sus crímenes; ni qué decir. Ahora bien, esa justicia debió provenir, en primer lugar, de las propias instituciones venezolanas. No ocurrió, porque dichas instituciones eran parte del mismo entramado mafioso. 

En segundo nivel, cuando un Estado es incapaz de responder a las demandas de su población, entra en juego el derecho supranacional (ese del que “los peruanos” queremos escapar). Sin embargo, eso tampoco funcionó. La ONU, bloqueada por los intereses de las grandes potencias, volvió a exhibir su inoperancia estructural.    

Ante ese vacío, apareció el vaquero. Donald Trump, con la mira puesta en diversos territorios estratégicos, vio en Venezuela una oportunidad más. En nombre de la “seguridad nacional” actuó por fuera del derecho internacional e incluso de su propio marco legal interno, extrajo a Maduro y lo sentó en una corte de la Gran Manzana. ¿Por qué? Porque quiso y porque pudo. Es una obviedad decir que el interés nunca fue la democracia ni la libertad del pueblo venezolano, y mucho menos la seguridad de EE.UU. Fue el petróleo y el control geopolítico de la zona. El propio Trump se da el lujo de decirlo todo el tiempo. Esto no es un asunto entre Trump y Venezuela. Es un “negocio” entre Trump y el resto del mundo. 

Ayer fue Venezuela, mañana Groenlandia. Recordemos estos días, porque son el inicio del nuevo orden, donde se negocia con el revólver sobre la mesa. Ahora, es justo reconocer también que, gracias a ese afán neoimperialista, hoy millones de personas sueñan con volver a casa y otras tantas están recuperando su libertad. 

Columna publicada en Diario Perú21

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