Una apuesta riesgosa: estos pasarán a segunda vuelta.


Algunas de mis últimas columnas las he dedicado a analizar la amplia y agotadora oferta de candidatos a la presidencia y al Senado. Un análisis fundamentado en la necesidad de tratar de ser coherente en base a lo que vivimos y hemos vivido en los últimos casi cinco años. Un periodo que concluye con un Congreso que apenas roza el 5% de aprobación y que nuevamente es visto como el enemigo público número uno.

Durante todo este tiempo hemos criticado —con razón— la degradación política que ocupa ese sufrido hemiciclo; una degradación que hoy vuelve a postular. Partidos que fueron y son responsables de la debacle ahora intentan lavarse la cara y, sin mayor pudor, vuelven a pedirnos el voto. ¿Te sientes cómodo o cómoda con que existan 36 partidos en carrera presidencial? Probablemente no. Pues los hay porque este mismo Congreso decidió inaplicar las PASO en el proceso electoral (entre otras profundas reformas del sistema electoral). Ahora bien, haz el ejercicio mínimo: revisa cómo votó el partido de tu candidato frente a esa propuesta legislativa.

¿Estás conforme con la extorsión, el sicariato, la inseguridad ciudadana o el avance descontrolado de la minería ilegal? Difícilmente. Entonces revisa también si el partido de tu candidato respaldó una nueva ampliación del REINFO.

Bajo ese contexto, la pregunta es inevitable: ¿cómo votar por los mismos partidos que explican ese 5% de aprobación? ¿Cómo respaldar a quienes protagonizan uno de los episodios más deteriorados de nuestra historia política reciente?

Sería equivalente a que alguien me robe los espejos o las llantas del auto y luego yo vaya al mercado negro a comprárselos al mismo ladrón, sabiendo perfectamente quién fue. No. Eso no puede pasar.

Esta vez, sin embargo, quiero hacer algo distinto. No voy a analizar, recomendar ni respaldar a ningún candidato. Probablemente ni siquiera mi voto esté reflejado aquí. A partir de los debates recientes, quiero hacer un ejercicio distinto: proyectar un posible resultado electoral para la plancha presidencial. En un país como el nuestro, acertar es casi un acto de fe, pero al menos podemos intentarlo. Vamos a timbear.

Si tomamos como punto de partida las encuestas, encontramos a Fujimori y López Aliaga disputando un mismo electorado. En las últimas semanas, Keiko ha mostrado un ligero ascenso, mientras que RLA ha retrocedido, en buena medida por su deficiente articulación de ideas y su nulo o casi nulo don para las entrevistas y los debates. A mi juicio, quien vota por López Aliaga no lo hace por convicción programática —porque resulta difícil escucharlo y ser convencido—, sino por lo que simboliza o representa: la narrativa del empresario exitoso, ejecutivo, resolutivo, que avanza sin detenerse y logra objetivos sin preocuparse demasiado por el proceso. No importa si esa narrativa es cierta o no; lo relevante es que sus votantes la creen. A ello se suma un voto religioso sólido, transversal a distintos sectores sociales, que hoy, más que nunca, actúa como motor político.

Keiko, por su parte, crece también porque el anti-fujimorismo parece perder intensidad. Ese votante que disputa con López Aliaga no busca nuevas alternativas hacia abajo, sino opciones viables hacia arriba. Y ahí está ella.

Carlos Álvarez quiso ser, pero no será. Su crecimiento reciente parece más un efecto momentáneo de los debates que una consolidación real, no es más que un breve hipo de popularidad. Tiene discurso, sí, pero carece de contenido.  Es un excelente actor tratando de representarse a sí mismo. Cuenta con respaldo empresarial, lo que le da oxígeno, aunque cabe preguntarse si ese mismo empresariado que lo propone para la casa de gobierno, lo propondría para su gerencia general. Todo indica que su curva será descendente.

César Acuña no quiere ser presidente. Su objetivo está en el Senado, desde donde puede mantener cuotas de poder y seguir controlando sectores estratégicos de gobierno.

Alfonso López Chau se mantiene con altibajos en un centro político cada vez más disputado. No es un candidato particularmente convincente: le falta energía, liderazgo y capacidad de conexión. Sin embargo, representa una izquierda moderada que, para muchos, sigue siendo una opción viable.

En ese mismo espacio se encontraba Grozo, pero ha sido defenestrado por su relación con Villaverde. Y como suele ocurrir en política, cuando uno sale, otro entra. Jorge Nieto ha crecido de manera considerable. Sin ser un candidato necesariamente carismático, destaca por su claridad conceptual y concreción de ideas, su capacidad para responder sin titubeos a preguntas incomodas y su experiencia en gestión pública. Su paso por el COEN dejó una impresión positiva que aún persiste. Nieto tiene potencial para aglutinar desde la centroizquierda hasta la centroderecha, ofreciendo propuestas que dialogan con ambos sectores. Solo necesitaba tribuna, y ya la consiguió.

Marisol Pérez Tello ha logrado salir del grupo de “otros” con bastante aceptación, pero aún está lejos de ser competitiva. El tiempo parece insuficiente para una remontada significativa y con ello llegar a la fase dos.

José Luna, al igual que Acuña, no tiene como prioridad la presidencia, sino el control parlamentario y los intereses asociados a él.

Finalmente, Roberto Sánchez ha mostrado un crecimiento que merece atención, aunque no parece suficiente a estas alturas. Su electorado potencial se fragmenta entre López Chau y Nieto, lo que limita sus posibilidades reales. Se pitufean el voto.

Dicho todo esto, estas son mis cartas: Rafael López Aliaga no pasará a segunda vuelta. Quien sí lo hará es Keiko Fujimori. Y frente a ella no estará López Chau, sino Jorge Nieto. Si no surge un evento disruptivo y mantiene visibilidad, ese amplio porcentaje de indecisos podría inclinarse hacia él.

P.D. Y ya sabemos lo que suele ocurrir cuando Keiko llega a segunda vuelta.

Deja un comentario