¿Se han dado cuenta de la velocidad con la que algunos empiezan a reescribir la historia? Hace apenas unos días criticaban duramente a Keiko Fujimori. Hoy, en algunos espacios, pareciera que se habla de una persona completamente distinta, como si acabara de aparecer en la política peruana y mereciera empezar desde una hoja en blanco. Y ahí es donde creo que debemos hacer una pausa.

Hay una enorme diferencia entre apoyar institucionalmente a un gobierno y lavarle la cara. Porque el 2026 no es el año cero. Aquí nadie empieza de cero. Las personas llegan al poder con una historia, con decisiones, con aciertos y con errores. Y cuando esa historia desaparece del debate público, dejamos de hacer ciudadanía para empezar a hacer propaganda.

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Keiko Fujimori es la presidenta electa del Perú. La elección terminó y el país ya tomó una decisión. Ahora nos corresponde asumir una nueva responsabilidad. Quienes creemos que el bien común está por encima de cualquier preferencia política tenemos el deber de ejercer una oposición permanente, pero responsable. Una oposición que reconozca los aciertos cuando los haya, que respalde las medidas que beneficien al país y que critique, con la misma firmeza, aquello que considere equivocado. Esa será, por lo menos, la línea de este espacio.

Y quiero dejar algo muy claro. Yo quiero que a este gobierno le vaya bien. Quiero que aumenten las inversiones, que se generen más empleos y con ello que las familias mejoren su calidad de vida, que la inseguridad empiece a retroceder, que la educación pública deje de condenar el futuro de millones de niños y que el sistema de salud deje de ser una carrera de obstáculos para quienes más lo necesitan. Quiero que el Perú vuelva a crecer, porque cuando el Perú crece, crecemos todos.

Creo que ese deseo lo compartimos la inmensa mayoría de peruanos. Después de tantos años de crisis política, de presidentes que no terminaron sus mandatos, de enfrentamientos permanentes entre los poderes del Estado y de una polarización que solo nos ha hecho perder tiempo, es natural que exista esperanza. Es natural querer creer que esta vez las cosas pueden salir bien. Yo también quiero creerlo.

Pero una cosa es tener esperanza y otra muy distinta perder la memoria.

Porque este no es el momento cero. Keiko Fujimori no es una outsider que apareció en la política hace un año con una propuesta novedosa para el país. Lleva más de tres décadas formando parte de la vida política peruana. Ha sido primera dama, congresista, lideresa del principal partido de oposición durante años y una de las figuras más influyentes de la política peruana. Lleva 39 años en la esfera pública, toda una vida. Pretender que toda esa historia desapareció el día de las elecciones sería un enorme error.

Y recordar esa historia no es un acto de venganza. Tampoco significa negarle la oportunidad de hacer un buen gobierno. Recordar es simplemente ejercer memoria democrática. Porque los pueblos que olvidan terminan repitiendo sus errores.

No olvidamos, por ejemplo, que cuando fue congresista de la República acumuló más de quinientas inasistencias para concluir sus estudios en el extranjero. Y ser congresista no es cualquier cargo. Significa representar a millones de peruanos, legislar para ellos y fiscalizar al Estado. Tampoco olvidamos los Mamanivideos, el chat La Botica ni los numerosos cuestionamientos que marcaron a las diferentes bancadas fujimoristas. Ahí estuvieron personajes como Joaquín Ramírez, Héctor Becerril, Kenji Fujimori, Bienvenido Ramírez y Yesenia Ponce, entre otros, cuyos casos terminaron deteriorando la imagen de un Congreso que había recibido una mayoría histórica. No olvidamos su capacidad para pactar alianzas con César Acuña o Vladimir Cerrón. No se trata de hacer una lista interminable de nombres o escándalos, sino de recordar un patrón de conducta que existió y que el país no puede darse el lujo de ignorar.

Y precisamente porque recordamos todo eso, hoy la exigencia debe ser mayor. Nadie le pide a Keiko Fujimori que cargue eternamente con los errores del pasado, pero sí que demuestre, con hechos y no con discursos, que ha aprendido de ellos. Personalmente, a ella no le voy a cree nada de lo que diga, le voy a creer en cada acto concreto que realice. Gobernar también significa hacerse responsable de la historia que uno construyó antes de llegar al poder. La confianza no se decreta; se recupera. Y esa recuperación solo será posible si pone, por primera vez de manera inequívoca, los intereses del Perú por encima de los intereses del fujimorismo, que ella encarna desde el apellido.

Porque esa ha sido, probablemente, la principal crítica que ha acompañado toda su carrera política. La percepción de que, una y otra vez, los intereses del partido estuvieron por delante de los intereses del país. Hoy tiene la oportunidad de demostrar que esa percepción quedó atrás.

Además, recibe un país que, pese a todos sus problemas, conserva fortalezas que muchos otros quisieran tener. Tenemos estabilidad macroeconómica, una economía abierta al mundo, sectores exportadores competitivos y recursos naturales que siguen siendo altamente demandados. Son condiciones que ofrecen una oportunidad extraordinaria para volver a crecer. Pocos presidentes han recibido un escenario económico tan favorable para impulsar grandes transformaciones.

Pero esas cifras sirven de muy poco cuando uno mira la realidad cotidiana de millones de peruanos. Mientras en otras partes del mundo se habla de inteligencia artificial, de conquistar Marte o de desarrollar tecnologías que hace pocos años parecían imposibles, en el Perú todavía hay millones de personas sin acceso a agua potable. Agua potable. En pleno 2026. Hay ciudadanos que salen a trabajar cada mañana sin saber si volverán con vida a sus casas. Hay niños con el futuro desde ya complicado, porque terminan la escuela sin comprender lo que leen y familias enteras que sienten que el progreso siempre ocurre en otro lugar, pero nunca llega a su barrio.

Ese es el verdadero país. Y ese es el país que hoy recibe la nueva presidenta. Si realmente quiere cambiar la historia, no lo hará con discursos, sino resolviendo esos problemas que llevan décadas esperando respuestas.

Por eso creo que sería un grave error convertir la esperanza en amnesia. La ilusión por un nuevo gobierno no puede llevarnos a borrar el pasado, porque precisamente el pasado contiene las lecciones que necesitamos para no volver a equivocarnos.

Desde este espacio no vamos a hacer oposición por deporte. Tampoco vamos a convertirnos en una caja de resonancia del Gobierno. Vamos a respaldar cada medida que beneficie al Perú y vamos a cuestionar cada decisión que consideremos perjudicial para los ciudadanos. Ese es, al final, el papel que debería cumplir cualquier ciudadanos que busque elevar su opinión.

Porque nuestra lealtad no está con un partido político. No está con un apellido. No está con una ideología. Nuestra lealtad está con el Perú.

Y por eso no vamos a lavarle la cara a nadie. No porque queramos vivir anclados en el pasado, sino porque creemos que una democracia necesita memoria. La esperanza es indispensable para construir el futuro, pero la memoria es indispensable para no repetir los mismos errores.

Si este gobierno hace las cosas bien, seremos los primeros en reconocerlo. Porque el éxito de la presidenta será también el éxito de millones de peruanos. Pero si hace las cosas mal, también seremos los primeros en decirlo. Sin cálculos, sin fanatismos y sin concesiones.

Porque aquí la esperanza nunca reemplazará a la memoria.

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