
Escribo esta columna horas antes del día programado por el JNE para anunciar los resultados oficiales de la primera vuelta. Asumo que esta vez sí se cumplirán los plazos, por lo que, cuando usted lea estas líneas, ya sabrá oficialmente lo que todos sabemos desde hace semanas: nos toca enfrentar una segunda vuelta totalmente deprimente. La propuesta de gobierno de JPP es la ruta directa al subdesarrollo. Plantea un modelo de país que es justamente lo que el Perú no necesita. Y Keiko Fujimori representa, en muchos aspectos, el tipo de liderazgo político que debemos desterrar urgentemente. El problema de fondo es que, en el Perú, los planes de gobierno importan poco y las promesas de campaña todavía menos. Los discursos suelen estar cargados de populismo y mentiras; de frases diseñadas para arrancar aplausos y, con ellos, votos. El candidato y el gobernante nunca son la misma persona. Por eso, el ciudadano termina obligado a interpretar, leer entre líneas y sacar conclusiones personales sobre lo que cada candidato podría —o no— hacer una vez en el poder. El Roberto Sánchez de campaña no será el Roberto Sánchez presidente. Y la Keiko Fujimori de campaña tampoco será la misma que se siente en Palacio. Más aún en un sistema político fracturado, en el que los cálculos ya no giran solo alrededor de la capacidad de gobernar, sino también del poder que tendrá el Senado y de posibles escenarios de vacancia presidencial, algo que debería avergonzarnos profundamente. Otro sería el cantar si el electorado castigara de verdad al político que incumple sus promesas, en lugar de asumir resignadamente que la mentira es parte natural del proceso electoral. Lo cierto es que el próximo 7 de junio una de estas dos personas ganará la presidencia de la República. Y, lamentablemente, ninguna representa lo que el Perú necesita. Por enésima vez votamos mal y perdimos otra oportunidad de corregir los errores que venimos repitiendo quinquenio tras quinquenio.
Columna publicada en Diario Perú21

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