
Llevo 19 años escribiendo columnas y artículos de opinión, y 4 años produciendo videocolumnas. En los últimos cinco años he puesto una especial dedicación a la política local. En principio, por un interés personal en el tema; pero también porque, como republicano que soy, asumo la obligación de involucrarme en los asuntos públicos de mi país. Asumo la responsabilidad —y el deber— de estar enterado de lo que ocurre en la política peruana, en la economía y en el entorno social. Sí, como ciudadanos de una república, es nuestra obligación estar atentos, vigilantes y enterados de todo lo que nos afecta.
Es desgastante, lo sé. Sobre todo, porque lo que venimos padeciendo en los últimos diez años ha sido una andanada de infamias en pro del mercantilismo político, la corrupción y la destrucción de las -ya débiles- instituciones que en teoría nos debían representar. Una avalancha de medidas que atentaron contra la democracia, la división de poderes, el equilibrio fiscal, los derechos sociales y el respeto a la población. Hubo que soportar intervenciones de políticos incapaces de articular una oración sin decir incoherencias, nefastas barbaridades o flagrantes mentiras, y encima escandalosamente mal dichas. Pero, en fin, es mi obligación. Porque para reclamar y exigir derechos somos buenos; para asumir obligaciones… no tanto. “Qué flojera”.
Traigo esto a colación porque, solo en lo que va de este año, me he dedicado con especial esfuerzo a escribir columnas en mi propio portal y en un diario de alcance nacional, así como a producir videos en redes sociales de gran alcance, enfocados en poner sobre la mesa candidaturas alejadas precisamente de quienes hoy han pasado a segunda vuelta.
Habrán sido unas 20 columnas y alrededor de sesenta videocolumnas, que han acumulado más o menos 600 mil visualizaciones y miles de interacciones adicionales. Nunca hablé mal de ningún candidato en particular, pero sí procuré mostrar las bondades de otros. Revisé planes de gobierno, perfiles, historiales y traté de promover candidaturas de personas con posiciones alejadas de extremos que ningún bien le harían al país.
En suma, dediqué muchas horas a tratar de evitar que sucediera lo que finalmente sucedió.
Ahora bien, evidentemente sabía que lo que yo podía conseguir era ínfimo. No esperaba que mis opiniones o comentarios produjeran resultados importantes ni que fueran particularmente influyentes. Pero hice mi parte. Dediqué tiempo y esfuerzo durante meses. Cumplí con el encargo, hice mi trabajo.
Y ahora, pues nada. Como dije, pasó lo que tantos millones esperábamos que no pasara. Tenemos dos candidatos en segunda vuelta que representan, cada uno a su manera, un futuro oscuro para el país. Vuelven las frases del “mal menor”, del “cáncer y el sida”, del “no queda otra”, del “es por la patria” y tantas otras mediocridades similares. La peor de todas y que más indigna: “es por la democracia” o “salvemos la democracia”. Cuando durante los últimos 5 o 10 años, la democracia ha sido pisoteada día a día con las centenas de leyes promulgadas, pero que a tantos les daba flojera leer. No señores, la democracia no se defiende en un par de marchas cada cinco años. La democracia se defiende día a día, aunque de “flojera”. Si guardaste silencio durante cinco años, todo el bullicio que puedas hacer hoy será completamente inútil. La carrera acabó, el reloj ya se detuvo y tú aun no te enteraste.
La derecha fue ridículamente incapaz de impulsar un candidato decente que realmente la representara, aun teniendo figuras que podían asumir ese papel. Y ni siquiera fue capaz de construir una alianza seria que permitiera mirarla con algo de expectativa.
El centro, por su parte, también fracasó en articular una coalición sólida que lo llevara a segunda vuelta, pese a contar con candidatos muy interesantes, con enorme potencial y que irónicamente muchos descubrieron después del 12 de abril.
Y la izquierda, una vez más, llegó dividida, aferrada al anacronismo político y económico de siempre, y acompañada —cómo no— por la sombra permanente de la corrupción y la anarquía.
En fin, personalmente llego a esta segunda vuelta con la tranquilidad del deber cumplido, aunque, una vez más, haya sido completamente en vano.
No te gastes en convencerme de votar por uno o por otro, porque yo …ya voté.
Y no, no es una lavada de manos, porque mientras tú veías la novela, yo me tuve que embarrar las manos de la mierda, que tú no querías tocar.

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