
No puedo empezar esta columna sin expresar mi solidaridad con el pueblo venezolano. Desde aquí les envío un abrazo transfronterizo cargado de esperanza. Respecto del tortuoso proceso electoral peruano, mi pluma siempre evidenció mi frontal crítica al fujimorismo, al de ayer y al de hoy.
Desde 2016 cuestioné la deriva autoritaria que impulsó Keiko y el deterioro institucional provocado por anteponer sus intereses al interés nacional. Lamentablemente, esa forma de hacer política sigue vigente. La prueba más reciente fue la modificación de la Ley de Organizaciones Políticas. Hasta hace unos días, los partidos debían presentar candidaturas en el 50 % de las regiones para conservar su inscripción; hoy basta con el 30 %. El calendario habla por sí solo: el 19 de junio vencía el plazo de inscripción; el 12 de junio Arturo Alegría, presidente de la Comisión de Constitución y miembro de FP, llevó el dictamen al Pleno y, apenas tres días después, Balcázar promulgó la ley.
En solo 72 horas se cambió una regla electoral clave.
¿Por qué tanta urgencia? Porque Fuerza Popular no alcanzaba el requisito anterior y arriesgaba su inscripción. Eso tiene un nombre: una ley con nombre propio. Una vez más, el poder se utilizó para acomodar las reglas a conveniencia. Sin embargo, la ciudadanía ha decidido que Keiko sea presidenta del Perú.
Muchos dirán que votaron «tapándose la nariz», pero el hecho es el mismo: será ella quien tome las decisiones que marcarán el rumbo del país. Por ello, más allá de nuestras profundas diferencias, corresponde hacer todo lo posible para que su gobierno tenga éxito, aunque duela decirlo.
No porque cambien nuestras convicciones, sino porque el éxito del Perú está por encima de todo. Si a su gobierno le va bien, en teoría, a nosotros también. Ha llegado el momento de dejar atrás el obstruccionismo per se para ejercer una oposición firme, responsable y constructiva.
No podemos hacer lo que ella hizo durante los últimos años. Nos corresponde construir una oposición responsable, con la humildad que exige reconocer los aciertos cuando existan, pero también señalar con firmeza los errores cuando se presenten.
Ahí estaremos.
Keiko, en tus manos está.

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