
El Perú es un país pequeño o, quién sabe, quizá empequeñecido.
Hoy, es un país pequeño heredero de una de las civilizaciones más grandes, hermosas y poderosas del mundo antiguo. Un país muy venido a menos, cuya producción para el mundo es tremendamente limitada. Sacando las exportaciones no tradicionales o las exportaciones mineras, lo que el Perú le ofrece al mundo es muy poco y limitado. Por ahí, un tenor de primer nivel, algunas atletas que, con su propio esfuerzo y escaso apoyo, pelean maratones; en música poco o nada. En pintura lo mismo, así como en poesía, fútbol, tenis, ciencia, biología, tecnología o economía; todo sigue en esa oscura senda. Quizá donde venimos exportando servicio y talento de primer nivel es en el rubro culinario. Seguimos en el tope de la categoría y esperemos permanecer mucho tiempo más en ese rumbo. Y no es que no haya talento. Todo lo contrario, el talento en el Perú se desborda, pero ese talento está preocupado por su tienda en Gamarra, su puesto de verduras, su parcela, su chalana, su emprendimiento, su sobrevivencia. Está en la sombra del olvido.
No quisiera ofender a peruanos y peruanas que históricamente han dado la talla a nivel mundial, que han sido o son campeones del mundo en sus diferentes disciplinas. A ellos y ellas, mi respeto, admiración y sobre todo agradecimiento. Por el contrario, mi interés es poner de manifiesto la realidad nacional en términos de desarrollo y ofrecer cierta luz en el camino. De desarrollo económico, pero también social y cultural. Evidenciar que un país con una geografía tan diversa y productiva, con una civilización históricamente tan potente, con un mar profundo en riquezas, con una población tan emprendedora, creativa y pujante; deviene en un país limitado, con tendencias mediocres, autodestructivas, mezquinas y egoístas. Un país con millones de personas viviendo con menos de S/ 360 mensuales (30.1% de la población total del país a 2020*) sin que a alguien le importe o le duela.
Podríamos hacer una evaluación histórica, sociológica o antropológica, como ya lo han hecho muchos especialistas y tratar de identificar el origen o los orígenes del problema, pero no es mi objetivo. Por lo menos, hoy no.
A mi entender, el Perú ha llegado casi a este nivel de republiqueta por culpa de quienes fueron llamados a ser los líderes empresariales, políticos y sociales. Porque en toda sociedad hay alfas y omegas. Porque en todas las historias, hay seguidores y seguidos. Y quienes fueron llamados a liderar lo hicieron, desde hace más de 200 años, siempre de espaldas al país y de frente a sus cuentas bancarias, a sus maletines llenos de efectivo, a sus amigos, a sus delirios de grandeza.
Ayer fue así, hoy es así y, por lo visto, mañana será peor. Vamos acercándonos al primer año de gobierno del periodo 2021-2026, y todo el esfuerzo de quienes tienen la responsabilidad de sacar al país de la miseria y gobernar para la gente se agota pasando el día y la noche, por un lado, pensando en vacancia, censura, interpelaciones y, obvio, pactos subrepticios que aumenten sus patrimonios personales, vendiendo sus votos, negociando sus conciencias. Por el otro, está la agencia de empleos estatal y los récords mundiales en renovación de ministerios, que, por cierto, reverbera en prontuariados, denunciados, incompetentes, misóginos, mediocres y corruptos. Reuniones sistemáticas evadiendo la justicia, atendiendo a fiscales en el mismo Palacio de Gobierno, negando sobrinos, negando amistades, negando correligionarios, ocultando pruebas, silenciando detractores, comprando voluntades, ocultando sus miserias.
¿Dónde están los Proyectos de Ley o los Decretos Ley que planteen reformas tributarias para reactivar el consumo o la inversión? ¿Dónde están las propuestas de empleo, educación, transporte, que alivien el calvario de quienes son en realidad soberanos del poder? ¿Dónde están las políticas de Estado que saquen a los peruanos y peruanas de la sombra paupérrima en la que viven? ¿Dónde la empatía, el republicanismo, la solidaridad, el humanismo?
No hay. No dan las 24 horas del día para gobernar por y para los ciudadanos y a la vez, atacar y defender. Porque como se da en las contiendas militares, en las guerras políticas no hay vencedores y vencidos, solo perdedores. Esta vez el daño colateral puede ser irreversible.
La salida no está en los entes de gobierno. La salida inicia en las escuelas, en los centros de formación, los institutos, las universidades y, sobre todo, en los hogares, en las familias, todas ellas, la funcionales y disfuncionales, las monoparentales y las tradicionales. Insisto con la idea de promover un cambio desde la raíz, aunque ello suene lejano y hasta ingenuo. No podemos dejar que los paradigmas de la niñez y la juventud sean siempre ciudadanos de otras realidades, que las habitaciones de los niños y las niñas estén llenas de fotos de cantantes que esconden sus flaquezas con la tecnología, de deportistas que odian el deporte, pero aman la fama y la fortuna. Fotos de piratas del siglo XXI, expertos en degradación del género humano y fieles adoradores del dinero fácil y perverso. ¿Por qué cuando un niño gana una olimpiada de matemática no es la envidia de todos sus amigos? ¿Por qué cuando una joven gana una medalla en su disciplina deportiva, no es la chica a la que todas quieren imitar? Es nuestra responsabilidad.
Cuando se fue el último Congreso gobernado por Fuerza Popular, tuvimos una efímera alegría pensando en que lo que vendría no podría ser peor; y ahora vemos que siempre se puede estar peor, mucho peor. Abogamos ahora por una demanda, una clemencia popular para que el Ejecutivo y el Legislativo renuncien, pero sin preguntarnos quién ocupará esas bancas en la renovación. Cuántas veces tendremos que gritar: ¡que se vayan todos!
El Perú milenario no merece ser tratado así. El Perú no es un país pequeño, débil y maleable, no para mí. El Perú es de talla mundial, de exportación, de sana envidia internacional, de campeonatos mundiales, de ligas mayores. El Perú y los peruanos se merecen respeto. Nos hemos perdido el respeto. Nos discriminamos los unos a los otros por cualquier motivo, raza, condición económica, barrio, colegio, ropa, peinados, orientación sexual, orientación política, da igual. Motivos para inflamar el odio por el otro hay millones y a nosotros la creatividad no nos es ajena. El Perú se merece al Perú, al de verdad. Al pujante, orgulloso, productivo, ganador. Al que aflora de vez en cuando para recordarnos que aún se puede seguir, que vale la pena luchar, que no todo está perdido. Pero, ese Perú no existirá más, si tú y yo no tomamos una decisión ahora.
La patria se defiende, y hoy el enemigo está ganando. Manos a la obra, tenemos que ganar.
*INEI. Informe 2020.

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