
Las leyes existen para organizar una sociedad; para definir lo prohibido y lo permitido. Pero toda norma tiene detrás un espíritu: la finalidad que busca al ser creada. Por eso, al aplicarla, no puede ignorarse ese espíritu que, en última instancia, explica su existencia.
Cuando se prohibió la reelección de ciertos funcionarios, entre ellos los alcaldes, fue porque era evidente que utilizaban recursos públicos para hacer campaña, colocando en desventaja a sus competidores. Hoy, cientos de candidatos postulan como tenientes alcaldes para permanecer en el poder y volver al mismo cargo sin incumplir formalmente la ley. Buscan la reelección sin postular a la reelección.
Para evitar este fraude existe la justicia electoral. Y el llamado a defender la ley y su espíritu es el JNE. Pero no. Una vez más, el organismo electoral, encabezado por Roberto Burneo, evidencia una preocupante incapacidad para hacer prevalecer el espíritu de la ley frente al poder.
El caso más emblemático es Rafael López Aliaga, quien pasó de intentar ser presidente a buscar ahora el puesto de ‘teniente alcalde’.
Y miente descaradamente cuando pretende hacernos creer que el candidato era Rubio y que él solo aspiraba a ser regidor. Lo hace como quien entiende la mentira y la criollada como una forma natural de actuar. Ese ha sido siempre su talante: un ombliguismo mayúsculo que busca satisfacer sus intereses, aunque ello suponga romper el orden jurídico, caminando en la delgada línea de la legalidad.
Ese es el ejemplo del líder político que no debemos seguir. Hay que quitarse la venda. Porque hay una contradicción imposible de ignorar: para quien dice defender los valores cristianos, mentir también es pecado. Y no es menor cuando la mentira sirve para burlar el espíritu de la ley y la fe de los ciudadanos.
Y así, una vez más, se burla la ley y se demuestra que aquí no manda el Estado de derecho. Otra prueba de lo lejos que estamos de ser una verdadera república. Seguimos.
Columna publicada en Diario Perú21.

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